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Juanelo Turiano, un hombre adelantado a su época

tuuuuuuJuanelo Turriano ha sido durante mucho tiempo, como tantos otros, uno de esos personajes “olvidados” por la historia. Afortunadamente poco a poco se ha ido recuperando su memoria y la de sus numerosos artificios, reconociéndose definitivamente el talento de un hombre que forma parte de la historia de la ciudad de Toledo y es una de las figuras más atractivas del Renacimiento español, además de uno de los más grandes tecnólogos europeos de la época ya que en muchas materias se adelantó a su tiempo.

Imagine el lector que un día, en Toledo hacia la mitad del siglo XVI, aparece por las calles de la ciudad, causando la estupefacción de los transeúntes, una rara figura humana de extraña traza. Contoneándose con rigidez mecánica, como los personajes de las primeras películas, sale del palacio Arzobispal con una especie de capacho en el brazo. El extraño personaje camina varias calles, sin prestar atención a las miradas de los curiosos, hasta detenerse y penetrar en el interior del taller del ingeniero del Rey, Juanelo Turriano.

Lo que había ocurrido, y no alcanzaban a comprender en aquel momento, es que Juanelo había inventado un autómata de madera diseñado con mecanismos de relojería. El muñeco tras darle cuerda cada mañana, se dirigía al palacio Arzobispal de Toledo, y allí permanecía hasta que le entregaban su ración de comida. Luego se encaminaba a casa de su amo llevando las viandas. Este maniquí llegó a ser tan popular en Toledo que dio nombre a una de las viejas calles contigua a la catedral: la calle del “Hombre de Palo” (antigua calle de las Asaderías).images (1)

Las leyendas de la ciudad de Toledo cuentan que el autómata tenía la misión de recorrer diariamente las calles recabando limosnas en vistas de que, como no le pagaban lo suyo por la construcción de los ingenios para subir agua a la ciudad (de los que hablaré más adelante), el anciano Juanelo que casi no podía caminar, no tenía dinero para el sustento y andaba en la más negra miseria. Cuando los maravedíes llegaban al fondo de la hucha, el muñeco hacía una reverencia dando las gracias.

No obstante otros cronistas, más conservadores y menos imaginativos, como Ramírez de Arellano, aclaran que en realidad se trataba de un muñeco de madera, estático, colocado en un lugar de los más frecuentados de la ciudad, provisto de una hucha destinada a recoger limosnas.

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Su “Hombre de Palo”, a pesar de los fehacientes testimonios, parecería cosa legendaria como el autómata de San Alberto Magno o la mosca mecánica de Regiomontano. ¿Puede el lector creer que acaso ese autómata iba por aquellas laberínticas calles todos los días a pedir su ración de comida al Arzobispo de Toledo y volvía, por su pie, tranquilamente a casa, después de haber hecho tres reverencias para agradecer la caridad? Sin embargo nada autoriza a pensar que esto fuese una invención falsa ni parece que Juanelo fuese hombre de trampas y supercherías. Por esto, aún despojando a la tradición del hombre de palo -que ponen en duda sus biógrafos-, de todo el lastre de la exageración y la fantasía, es verosímil pensar que la probada habilidad de Juanelo para crear mecanismos de complejidad y precisión matemáticas pudiera culminar en efecto en la realización citada.

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En los últimos meses del año 1529 Carlos V fue a Italia con numeroso séquito, para preparar la solemne ceremonia de su coronación imperial, que había de tener lugar en Bolonia en febrero del año siguiente. Se sabe que durante aquellas jornadas se detuvo en Pavía y que en la biblioteca del castillo de esta ciudad admiró un complicado y vetusto aparato conocido como el Planetario de Dondi, joya de la mecánica medieval europea construida por Giovanni Dondi. Por las descripciones y dibujos que se conservan se puede deducir que era un complicado reloj astronómico que reproducía con su mecanismo los movimientos y posiciones de los astros.

En tiempo de Carlos V ya no funcionaba el Planetario, arruinado desde hacía muchos años, pero el Emperador tuvo insistente empeño en su posesión y en su arreglo. Apareciendo entonces la figura de un joven relojero de treinta años llamado Giovanni Torriani que comprendiendo el funcionamiento de los mecanismos, logra componer y restaurar el artefacto; ganando con ello el favor imperial e incorporándose a la corte. Giovanni había nacido en Cremona alrededor del año 1500, en la Lombardía renacentista de los Sforza, desarrollando su ingenio como relojero en aquella ciudad de grandes artesanos, porque no tenía títulos académicos. Así pues, formando parte de la corte real Giovanni de Cremona vivió muchos años en España, y tras la muerte de Carlos V también continuó sirviendo como relojero a Felipe II, que le nombró Mathematico Mayor, porque era también uno de los mayores expertos en su tiempo en cuestiones de Aritmética.imagen151

Existe una descripción de Leonardo da Vinci escrita unos 40 años tras su muerte por Giorgio Vasari, en que se nos presenta a un hombre que actualmente calificaríamos como “mediático”, de aspecto bello, grácil en sus actos, fuerte y orgulloso, partícipe de las fastuosas fiestas de sus mecenas, valorado y apreciado por todos. Juanelo Turriano es el contrapunto a todo esto, se nos describe como un personaje tosco, de rostro faunesco y barba hirsuta -como se puede ver en el busto que de él se conserva en el Museo de Toledo-, distante, independiente e indisciplinado, podríamos calificarlo de rebelde; sus talleres al servicio de Carlos V y Felipe II estuvieron localizados en primera estancia en el claustro del monasterio de Yuste, posteriormente en una de las torres del Alcázar de Madrid, y mas tarde en una casa de su propiedad en Toledo, siempre buscando la intimidad y el recogimiento. Es necesario valorar su personalidad en la medida en que si su obra ha pasado a la historia, realmente se debe a la importancia de la misma, y difícilmente a factores externos puramente científicos y técnicos. Esteban Garibay, uno de sus pocos amigos, cita tras la muerte de Juanelo: “Fue alto y abultado de cuerpo, de poca conversación y mucho estudio, y de gran libertad en sus cosas: el gesto algo feroz, y la habla algo abultada, y jamás habló bien en la española.”

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Así mismo en una carta enviada por el nuncio del Papa Gregorio XIII en 1578 a un cardenal italiano, que requería del informe encargado por Felipe II a Juanelo referente a la reforma del calendario, este escribe:

Aquí se encuentra Juanelo con su discurso que, a mi juicio, será digno de ser estudiado con detenimiento, porque, con un instrumento que él ha construido, se va demostrando fácilmente que no se puede desear mejor modo para esta reducción y sus razones. Y, como es un hombre que no hace las cosas sino cuando le viene en gana, es necesario que se tenga un poco de paciencia. Y, como se trata de un negocio de tanta importancia y que influirá en el futuro, me parece que hay muchos que esperan que no deje de trabajar en este instrumento. Yo seguiré de cerca, con la destreza que conviene, a este erudito cerebro con el cual no puede ni Rey, ni Reina, ni Torre, y espero que lo tendremos en breve”

A Giovanni Torriani por estas tierras se le llamó familiarmente Juanelo Turriano, y su ingenio se hizo célebre principalmente por obras como la imponente rueda que construyó para elevar las aguas del Tajo hasta el Alcázar, que fue considerada como la mejor obra de ingeniería de su siglo. La construcción del artificio causó una gran sensación, siendo visitada por personajes tan relevantes como D. Juan de Austria. A pesar de la admiración que despertó su máquina, inicialmente Juanelo tuvo que costearla de su propio peculio, ya que le advirtieron que no se le pagaría hasta que no se demostrase su eficacia. Juanelo logró un movimiento tan sincronizado de toda la maquinaria que el artificio subía 17.000 litros de agua por día: casi 5000 más de lo estipulado, que eran “mil seiscientos cántaros de cuatro azumbres”. Ambrosio de Morales, humanista y amigo personal de Juanelo, refiere el asombro de sus contemporáneos al ver la perfección de esa máquina que podía compararse el equilibrio orgánico de un ser humano: ”El templar los movimientos diversos con tal medida y proporción, que estén concordes unos con otros, y sujetos al primero de la rueda que se mueve con el agua del río, como en la más baja arteria del pie humano…”. Sin embargo, a pesar de la eficacia de su construcción, en 1575 la ciudad seguía sin haberle pagado lo convenido, con la excusa de que el caudal completo quedaba para uso exclusivo del Alcázar, en donde era almacenado, y el resto de toledanos no disfrutaban del abastecimiento de agua. Arruinado tras costear además de su bolsillo el mantenimiento del artificio durante seis años, Juanelo llegó a un acuerdo para construir un segundo artificio, sufragado por la Corona, y que quedaría en poder de Juanelo y sus herederos. Así pues, se levantó en 1581 un segundo ingenio, adosado al primero y de características muy similares, destinado a abastecer de agua a la ciudad, y aunque el Rey cumplió con su deuda no fue así con la ciudad.

Nunca se ha conocido con certeza como eran ni como funcionaban esos ingenios, pues no se conservan planos ni referencias técnicas que los definan claramente, tan solo se dispone de descripciones y citas indirectas de viajeros y personajes ilustres que los visitaron.

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El complejo mecanismo de los artificios dificultó su conservación tras la muerte de Juanelo Turriano, no obstante ambos funcionaron durante más de cuarenta años, hasta mediados del siglo XVII, cuando se procedió a desmotar el primer ingenio y se dejó al segundo como icono de la ciudad, debido al entusiasmo y admiración que en tantas personas del mundo había levantado. Poco a poco, con el paso del tiempo y debido al constante robo de piezas fueron desapareciendo los restos de las máquinas hasta el punto de que ya nada queda en Toledo.

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Juanelo Turriano también realizó diseños de autómatas de lo más variado (muñecos danzarines, pájaros voladores, etc), desde un minúsculo molino de hierro, que cabía en una mano y era capaz de moler, sin aplicación de fuerza alguna, dos celemines de trigo; hasta la creación de una muñeca que, colocada en una mesa, tocaba un tambor y se movía a su compás. Colaboró también en las observaciones de los eclipses, participó en la reforma del calendario gregoriano, en la construcción de presa del pantano de Tibi en Alicante (la más alta del mundo durante casi 300 años). Juanelo Turriano disfrutaba con los cálculos, lo mismo si se trataba de aforar un tonel de vino que cuando Juan de Herrera le encargó el diseño de las campanas de El Escorial. Pero ni siquiera estos servicios le valieron para ser respetado por la Inquisición, poco dada a tolerar a hombres adelantados a su tiempo, salvándose solo por intervención real de sufrir los desmanes del Santo Oficio.ARTIFICIO2

Pero la gran excelencia de Juanelo estuvo en la relojería. Diseñó un reloj, en cuya concepción y realización invirtió veinte años, de los cuales gastó tres y medio en fabricarlo, elaborando manualmente sus 1800 piezas, con la precisión que exige este arte; y repitiendo luego para Felipe II, el mismo modelo, encerrado en paredes de vidrio, para que pudiera apreciarse al detalle su marcha. En él no había astro importante que no estuviera representado en su movimiento, afinado por años, meses, días y horas; el de los planetas con todas sus diferencias de velocidad; horas de sol y de luna, aparición de los signos del zodiaco y otras maravillas. Hoy en día no queda ninguna muestra del reloj astronómico ya que, al igual que el resto de sus relojes, fueron desmontados tras su fallecimiento porque eran tan exactos que intentaron averiguar su mecanismo y luego no supieron volver a montarlos.

Durante más de veinticinco años trabajó Juanelo como relojero de Carlos V, muy aficionado el monarca a los aparatos de relojería y artilugios automáticos, y fue fiel compañero de sus aficiones en los días solitarios de Yuste. Juanelo, aficionado también a los juegos socráticos, le enseñaba al Rey, ante la dificultad de sincronizar dos relojes, cuán fútil era el empeño de sincronizar todas las conciencias de un reino. Por eso, cuando construyó su famoso reloj de cristal, que permitía ver todos sus mecanismos en marcha, grabó en él una inscripción muy filosófica: Ut me fugientem agnoscam.

Juanelo Turriano logró prodigios que parecen inverosímiles para la época y son muy superiores a los primeros relojes de bolsillo, que llamaron “huevos de Nuremberg”, y a los primeros que, mucho más tarde, hicieron en Madrid unos hermanos milaneses, de quienes tomó nombre la castiza calle “Calle de los Milaneses”. Incluso debió tener ya el Emperador Carlos un mínimo reloj, “como anillo al dedo”, que Juanelo le hizo. Indudable es que también lo usará Felipe II, si hemos de dar fe de la “Miscelánea de Zapata” (Memorial Histórico Español, volumen XI), donde se dice: “Y el Rey Nuestro Señor  tiene un relox en una anillo que señala las horas por dentro picando levemente en el dedo” ¡Un reloj en la sortija, más de un siglo antes de que Blaise Pascal inventara el reloj de pulsera!.

La obra más importante de Juanelo Turriano es, sin duda, “Los veintiún libros de los ingenios y máquinas de Juanelo”, que constituye una verdadera enciclopedia de la mecánica del siglo XVI. No fue publicada en su tiempo debido a que fue considerada una obra bajo secreto militar y sólo recientemente ha sido publicada.

Como otros personajes adelantados a su época, en vida Juanelo Turriano no vio reconocido su talento y ni pudo gozar del éxito de sus invenciones.  Debido a los impagos del primer artificio que subía el agua del Tajo, Juanelo se arruinó, enfermó y acabó asediado por las deudas, viéndose obligado a vender el segundo artificio al Rey Felipe II. Juanelo murió en Toledo, el 13 de junio de 1585, a la edad de 85 años en extrema pobreza, tal y como puede verse en la carta póstuma enviada al Rey en abril de 1586:

“Ya que Dios nuestro señor no es servido que yo pueda ver volver a V. Md. (pues a lo que dicen los médicos y a lo que yo de mi siento el fin de mi vida será muy presto) quiero por este memorial hazer saber a V. Md. que por dos cosas la dejo con grandissimo desconsuelo. La una porqué por mis muchas deudas y por ser yo estrangero y morir en esta ciudad aonde me han tratado como sabe V. Md., queda con mi muerte mi casa en tan extrema necesidad, que se avra de pedir limosna para me enterrar…”.

Fue enterrado en el convento de los monjes del Carmelo en Toledo, y su tumba fue profanada cuando el templo quedó destruido durante la Guerra de la Independencia (1812). Juanelo Turriano que murió longevo y alejado de la Corte, pasó a ser otro de los “olvidados” de la Historia, todo un símbolo del desdén atávico de la España negra hacia el genio, la creación y la tecnología punta.

Desde finales del siglo XIX hasta hoy en día, ha crecido el interés por redescubrir los ingenios de Juanelo Turriano, llegando ha plantearse la ciudad de Toledo en varias ocasiones la reconstrucción de un tramo del artificio de Juanelo como elemento turístico y revalorizador del patrimonio histórico de la ciudad, aunque por el momento no se ha llevado a cabo.

Bibliografía complementaria:

Fundación Juanelo Turriano. Reconstrucción el Artificio de Juanelo Turriano en Toledo.

Lázaro, Antonio. Memorias de un Hombre de Palo (El relojero del Rey).

Moreno Santiago, A. y Moreno Nieto, L. “Juanelo y su Artificio. Antología”. Toledo. Comunicación 2006.

Reti, Ladislao. El artificio de Juanelo en Toledo. Diputación provincial de Toledo (1968).

Entorno web:

http://www.juaneloturriano.com

http://www.artificiodejuanelo.org

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