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La investigación del ADN antiguo

ADNVIEJO En 1973 en la universidad estadounidense de Filadelfia y dos años más tarde la de Manchester en Gran Bretaña, comenzaron a emplear en sus trabajos con momias egipcias la más alta tecnología. Desde los incipientes rayos X hasta los más modernos TAC, las investigaciones han avanzado con tal rapidez que jamás se pensó llegar al molestarse en abrir un sarcófago antiguo para conocer el sexo, la edad, las enfermedades sufridas en vida, la causa de la muerte y otros detalles que hubieran causado el sonrojo del ocupante.

Pero el verdadero paso de gigante se dio justo una década después. En 1983 un equipo de médicos de la Universidad de Cambridge logró extraer ADN del tejido rehidratado de una momia. La euforia no se hizo esperar y muy pronto saltaron a la prensa las primeras especulaciones sobre la posibilidad de clonar a un individuo fallecido hace miles de años.

Pero lo que hace dos décadas parecía una fantasía -ver andar al mismísimo Tutankamón-poco a poco se va conviertiendo en una escalofriante realidad. Egipto es, sin duda alguna, la mayor fuente de ADN del mundo antiguo del mundo. Su extraña fascinación por las momias ha hecho posible que, 2000 años después del último suspiro del dios Ra, poseamos ADN de todas las clases sociales.

El proceso para su obtención es relativamente sencillo. Únicamente se necesita extraer una diminuta porción de tejido, empleando para ello unos guantes y una mascarilla con el fin de evitar el error de mezclarlo con el ADN del propio experimentador. Como medida añadida para solventar esta posibilidad de malentendido, suele tomarse una muestra del cabello de todos los participantes en la investigación, ya sean científicos o simples obreros locales que extraen la momia del yacimiento arqueológico.

Todos los estudios coinciden en que la arena es uno de los mejores desecantes que conserva el ADN en los tejidos. Por su parte, la mejor fuente es el diente que su propia estructura ofrece una protección natural que evitar cualquier tipo de contaminación exterior, incluso la de las radaciones.

En definitiva, se trata de un complejo y tedioso trabajo de laboratorio que a la postre ofrece un consuelo mínimo: en una célula hay moles de millones de pares de bases que forman el ADN. Cualquier investigador se conforma con obtener unos centenares intactos para realizar las comparaciones necesarias entre unos individuos y otros.

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