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Acerca de “Verdades sobre el Tíbet, los dalái lamas y el budismo”

Filosofía de paz contra la violencia del mundo.

dalai_lama_portada

Luz del alma, luz divina, faro, antorcha, estrella, sol... Un hombre a tientas camina; lleva a espalda un farol. Antonio Machado
Pasado, pendiente y preludio. Verdades sobre el Tíbet, los dalái lamas y el budismo narra de forma documental, histórica y ordenada, el camino de la luz del budismo tibetano desde su aparición sobre el altiplano del Himalaya, en los tiempos de los primeros nómadas agricultores y ganaderos, hasta la décimo cuarta reencarnación del Dalái Lama y su, desde hace años, obligado exilio en la India motivado por la dictadura china, presentando, por el camino, a todas y cada una de las reencarnaciones del dirigente del Tíbet desde Gendun Drub, primigenio en el puesto. Para los apasionados por la historia, la crónica y los <<hechos reales>> -y pongo reales entrecomillado porque hay días como hoy en los que no sé dónde está la diferencia- este es su libro.

Bernard_baudouin

Amante de los porqués y las cuestiones pasadas que han dado lugar a las respuestas actuales, Bernard Baudouin, autor del libro, investiga, profundiza y desgrana a lo largo de las hojas de este volumen el asunto del budismo tibetano, sin embargo, y tal y como lo corrobora su amplia bibliografía como autor, B. Baudouin también ha escrito -y escribe-  sobre otros aspectos de la filosofía del buda y/u otras religiones o temas espirituales como pueden ser el judaísmo, el taoísmo, el Islam o la cultura maya.

Prefacio, protagonista y conflicto.

Himalaya

La acción histórica que se desarrolla en el libro se centra en el Himalaya, apodado techo del mundo; su geografía caracterizada por una extensa altitud lo convierte en uno de los focos místicos principales del planeta y lo subraya como <<tierra de dioses>>. Así pues, los astronautas reiteran su puesta en escena también en la filosofía oriental y bajan del cielo a la tierra para darnos la vida y luego marcharse, dejando <<supuestamente>> parte de sí en los primeros hombres.

Nómadas, leyendas y pinceladas de aire frío acunan el Bön, la creencia anterior al budismo tibetano en el Himalaya. De carácter animista y chamánico, el Bön, al más puro estilo primitivo, relaciona los sucesos que acontecen a los hombres y a la naturaleza con deidades enfurecidas o agradecidas que en base a su estado de ánimo actúan sobre el medio de una forma u otra. Así mismo, cree en una serie puntual de hombres, en este caso los señores, la escala más alta de la sociedad feudal establecida, como encarnaciones de ellos -de los dioses-.  La sociedad, por tanto, se divide en señores, descendientes de los dioses, y hombres; una división que hace de la cúpula espiritual una fortaleza masculina en la que no hay cabida para las mujeres.

dioses_extraterrestres

 

Con la poliandria en activo a mitad del siglo VII, los matrimonios de conveniencia entre Songtsen Gampo, primer emperador del Imperio tibetano, y su serie de esposas de distinta procedencia harían que el Bön comenzase a ver en el budismo indio su principal rival, rival que no tardaría en alzarse con la victoria hasta instaurarse como religión oficial de la zona en cuanto Trisong Detsen, hijo de Gampo, heredó el trono y el poder. Y así fue como el budismo indio, con algunos residuos del Bön, acabó de conformar su estructura única para adquirir la denominación de origen: budismo tibetano.

 

La luz es un ungüento que cura la mirada del espanto.

Miguel Hernández

 

 

Dalái_Lama

La figura del Dalái Lama, encarnación del Buda de la Compasión y representante de la espiritualidad, solidaridad, serenidad y clemencia, es la única luz que, a pesar de su transformación constante, alienta y guía el camino del pueblo tibetano a través del conflicto bélico al que lleva anclado desde hace siglos el altiplano del Himalaya.

Después de leer Verdades sobre el Tíbet…, en relación a la figura del Dalái Lama dos son las vertientes que alcanzo a ver manar: símbolo y protector; antagonistas entre sí y, a la vez, semejantes.

En la primera vertiente, el símbolo es fuerte, robusto, estático y alienta y mantiene al pueblo. El Dalái Lama actúa como representante y representado, refuerza el ideograma a través de sí y por tanto como encarnación propia y viviente hace al pueblo más fuerte. Por otra parte, en la segunda vertiente, el protector es frágil, se arrodilla, camina a tientas entre el poder y se <<prostituye>> por la paz. Lucha por la armonía de su pueblo en una guerra constante que incluso, él mismo, sabe que no va a remitir y por esa misma armonía, viaja, dialoga y concilia, en ocasiones, a un alto precio.

El deseo de independencia del Tíbet con tendencias a desentenderse de la política como preventiva de la corrupción espiritual es interesante y como utopía está bien pero como posibilidad es francamente inviable, al menos por ahora. El poder, insaciable, aprovecha sus almacenes de violencia para poner siempre al Dalái Lama contra las cuerdas. China concibe la tierra del Tíbet como suya y va a luchar por tomarla por encima de los mantras, la compasión y la religión.

Instrumento, herramienta, veleta y selva.

La corrupción me deprime, el vapuleo me enfada y el poder, en exceso, me carga.

Fardo a fardo, hoja a hoja, Bernard Baudouin cuenta el sometimiento del pueblo tibetano a lo largo de su historia; su oposición al poder pero su necesidad de establecer relaciones con él para mantener su orden, dentro de un mundo que empieza una carrera contra sí mismo, conduce al Tíbet a una situación constante de confusión e inestabilidad que, incluso, llevó a un Panchen LamaSangyé Gyatso– protector del Dalái, a encubrir la muerte de la quinta reencarnación –Lobsang Gyatso– durante unos quince años para mantener la paz conciliadora que este había conseguido durante sus años en activo como líder espiritual.

Las religiones siempre están condicionadas por una de las grandes ambiciones del ser humano, el poder. El voraz deseo de la autoridad por aumentar su dote sin tener en cuenta al resto de personas, aborígenes o foráneas, que habitan pacíficamente una tierra, está al orden del día y de sobra sabemos que si ni siquiera una ONU ha podido acabar con ello el tiempo tampoco conseguirá nada.

El poder crece en positivo y lo tiene todo absolutamente atado.

Los seres humanos adaptan las religiones al igual que lo hacen con su entorno haciendo de ellas pilares quebrantables que fácilmente se desmontan y que, claramente, pierden el carácter divino que deberían poseer; construcciones que nos recuerdan, una y otra vez, que las religiones, lejos de venir de fuera vienen de dentro y que, dependiendo del quién, resultan más instrumentos de manipulación que, en sí, doctrinas espirituales.

El carácter divino o sagrado más que perfecto y revelador es humano, maleable e imperfecto; tras la duda infinita del origen todo lo demás es artificio humano.

A veces me resulta curioso que nosotros sigamos buscando el milagro fuera de las fronteras del planeta cuando Verdades sobre el Tíbet…, por ejemplo, demuestra que la mitad de las respuestas están dentro de ellas y que las religiones no son más que acciones de fe basadas y escudadas en antiguas leyendas que realmente demuestran que <<Dios>> está más cerca de lo que nosotros creemos y que se trata del propio individuo y su mente.

Gracias a Darifé (@davidrivasfer) por ilustrar, una vez  más, mis planteamientos. 

 

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